Niño de unos ocho años escribiendo en una libreta en la mesa despejada de la cocina, con luz de tarde y su madre al fondo

Deberes sin gritos: cómo estructurar la tarde según la Terapia Ocupacional

8 min lectura

Los deberes se ganan o se pierden antes de que se siente. El sitio donde va a trabajar, el momento del día que eliges y el tamaño del primer trozo de tarea deciden casi todo lo que va a pasar después. Si esos tres están puestos, no hace falta insistir tanto; si no lo están, ninguna frase tuya lo arregla a mitad de la tarde.

Así que la pregunta útil no es «¿cómo consigo que haga los deberes?», sino «¿cómo dejo la mesa y la tarde preparadas para que empezar sea lo más fácil del día?».

¿Por qué se resiste tanto a sentarse?

Casi nunca es por la dificultad de los ejercicios. Es por lo que ve al abrir la libreta: un bloque grande, sin principio claro, que no sabe cuánto va a durar. Un adulto delante de una tarea así también da vueltas antes de arrancar.

Y llega con el depósito bajo. Ha pasado seis horas sentado, atendiendo, esperando su turno y aguantando ruido. Lo que a las cinco de la tarde parece vagancia suele ser lo que queda después de eso.

Por eso lo que funciona no es motivarle más, es quitar obstáculos: menos cosas alrededor, menos tarea a la vista y un primer paso tan pequeño que no dé pereza empezarlo.

El sitio: qué quitar de la mesa

Un niño de siete u ocho años no puede decidir a la vez qué hacer y qué no mirar. Todo lo que esté encima de la mesa compite con la libreta, y compite con ventaja.

  • Encima de la mesa solo lo de la tarea que está haciendo ahora. Lo demás, en el suelo o en la silla de al lado.
  • El estuche entero fuera: dos lápices y la goma. Un estuche abierto son quince decisiones.
  • Pantallas apagadas, no en silencio. Y las suyas fuera de la habitación, no boca abajo.
  • De espaldas al paso: que no tenga delante la puerta por donde entra y sale todo el mundo.
  • Luz encima del papel y silla en la que le lleguen los pies al suelo. Sentarse mal cansa, y cansarse se parece mucho a distraerse.

La cocina es un sitio perfectamente válido si es donde le puedes echar un ojo. Lo que importa no es la habitación, es qué hay a un metro de sus ojos.

El momento: ni al llegar, ni a las nueve

Justo al entrar por la puerta es el peor rato del día: viene lleno de todo. Y después de cenar tampoco, porque ahí ya no queda nada. En medio hay una franja buena, y en la mayoría de las casas está después de merendar y de haber movido el cuerpo un rato.

Elige una hora aproximada y respétala todos los días. No hace falta que sea exacta: hace falta que sea la misma, porque lo que se hace siempre a la misma hora se discute mucho menos que lo que se decide cada tarde.

Y avisa antes de que llegue. Dos minutos de aviso ahorran diez de pelea, sobre todo si lo que está haciendo le gusta.

Partir la tarea en trozos que sí pueda empezar

Esto es lo que en la profesión llamamos analizar la actividad, que consiste simplemente en mirar una tarea y ver de cuántos pasos está hecha, para poder empezar por uno que él ya pueda hacer solo.

En la práctica es esto: no le pongas «hacer los deberes» delante. Ponle «las cinco cuentas de arriba». Cuando acabe, la siguiente.

Cómo cortar los trozos:

  • Que el primero sea el más fácil, aunque no sea el primero de la hoja. Arrancar es la parte difícil.
  • Tapa el resto. Un folio doblado o una hoja encima hacen que la tarea que ve sea la que está haciendo.
  • Trozos de cinco a diez minutos a esta edad. Si tarda más de diez en uno, estaba mal cortado.
  • Entre trozo y trozo, dale un descanso corto de dos o tres minutos: beber agua, estirarse o subir y bajar la escalera. Después, de vuelta a la mesa.
  • Coloca el trozo más pesado en segundo lugar, nunca al final: a esas alturas de la tarde ya no le quedan fuerzas para lo difícil.

Cuando una tarea se atasca de verdad, corta por lo alto: apúntalo en el margen para el profesor y pasad a la siguiente. Media hora de bloqueo no enseña nada que no se aprenda mejor mañana.

Qué no hacer, aunque salga solo

Estas cuatro son las que más veo, y todas empiezan con buena intención.

Hacérselos. Al final de una tarde larga es una tentación enorme y funciona esa noche: la libreta queda hecha. Lo que aprende es que si aguanta lo suficiente, aparece alguien. Y el profesor pierde la única información que tenía sobre lo que le cuesta.

Quedarte al lado corrigiendo cada letra. Si cada vez que escribe algo oye una corrección, deja de intentarlo. Revisad al terminar el trozo, no durante.

Borrarle la plana porque ha quedado torcida. Lo hemos hecho todos y el mensaje que llega no es «hazlo mejor», es «lo que has hecho no vale». A los ocho años eso pesa más que la caligrafía.

Convertirlo en la moneda de la tarde. «Hasta que no acabes no hay nada» pone la única cosa que no puede evitar en el sitio del castigo. Es más útil que después de los deberes venga siempre algo bueno, y que ese algo no dependa de que la letra sea bonita.

Cuando la presión viene de fuera

Muchas tardes no se tensan por el niño, sino por lo que hay alrededor.

Si el colegio manda una cantidad que no cabe, dilo. Un mensaje corto en la agenda —«hoy hemos parado a los cuarenta minutos, ha hecho hasta el ejercicio cuatro»— es información útil para el profesor y no es un acto de guerra. Que un niño de ocho años pase dos horas de deberes no es señal de nada bueno.

Si en casa hay un hermano que se sienta y lo hace del tirón, no los sientes juntos. La comparación no motiva a esta edad, desanima.

Y si los abuelos o alguien de la familia opina que lo que hace falta es mano dura, ahórrate el debate: cuéntales qué estáis probando y qué está cambiando. Un dato concreto cierra más conversaciones que un argumento.

¿Cuándo pedir una valoración?

Consulta de forma individual si la tarea le lleva el doble de tiempo que a sus compañeros de clase; si llora o se esconde casi todos los días al sacar la libreta; si aprieta el lápiz hasta romper la mina o suelta la mano en cuanto hay que copiar; si sabe la respuesta en voz alta y no consigue ponerla en el papel; o si lleváis meses con la mesa preparada y la tarde sigue acabando mal.

Si algo de esto te preocupa, una valoración individual es el siguiente paso. Puedes contarnos qué está ocurriendo y valoramos juntos la opción más adecuada.

Si lo que se atasca es antes, en lo que hay que llevar y traer, la plantilla semanal de «Mi mochila, mi responsabilidad» deja anotado el mismo día lo que hay que entregar, y así la nota de la excursión no aparece a las nueve de la noche. Y si además se le olvida la mitad de lo que le pides, eso tiene su propia explicación en «Se le olvida todo: por qué se le va lo que le acabas de decir».

Preguntas frecuentes

«¿Cuánto tiempo debería aguantar sentado?»

A los siete u ocho años, entre diez y quince minutos seguidos es un rato razonable; con descansos cortos se llega a tres o cuatro tandas. Lo que importa es el total, no el tirón: media hora en tres trozos vale más que media hora peleada de una vez.

«¿Me siento con él o le dejo solo?»

Al lado al principio y al final: para arrancar el primer trozo y para revisar al terminar. En medio, cerca pero a lo tuyo, en la misma habitación. Estar todo el rato encima cansa a los dos y le quita la parte que sí puede hacer sin nadie.

«¿Y si el colegio manda más deberes de los que da tiempo?»

Pon un límite de tiempo en lugar de un límite de ejercicios, y anota en la agenda dónde os habéis quedado. Es más honesto que entregarlo completo a medianoche o que hacerlo tú, y le da al profesor lo que necesita saber. Si se repite cada semana, pide una tutoría.

Terapeuta Ocupacional especializada en estimulación cognitiva y rehabilitación funcional.

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